El Frankenstein de Guillermo del Toro: las heridas emocionales que nos condenan

Guillermo del Toro lleva *Frankenstein* a un nuevo nivel de madurez, explorando el trauma heredado. Descubre por qué la historia de Víctor es un espejo de nuestras heridas emocionales.
El Frankenstein de Guillermo del Toro: las heridas emocionales que nos condenan

Guillermo del Toro, el maestro del realismo gótico, regresa con su versión de Frankenstein, basada en la novela de Mary Shelley. Esta adaptación no solo promete un espectáculo visual, sino una inmersión profunda en las heridas intergeneracionales. El cineasta, conocido por usar a sus monstruos como espejos de la vulnerabilidad humana, explora aquí la paternidad rota y el trauma heredado en el Frankenstein de Guillermo del Toro.

El cine de monstruos como espejo del alma

Como bien apuntaba Stephen King, “Los monstruos son reales y los fantasmas también; viven dentro de nosotros y, a veces, ellos ganan”. El cine de monstruos siempre ha navegado entre dos extremos: el espectáculo visual del enfrentamiento entre el bien y el mal, y el relato más íntimo donde la verdadera amenaza proviene del alma humana.

Guillermo del Toro pertenece, sin duda, a este segundo linaje. Su filmografía, una mezcla única de cuento de hadas oscuro y realismo gótico, transforma a los monstruos en reflejos de nuestra:

  •  Vulnerabilidad.
  •  Injusticia.
  •  Soledad.

La obsesión por la figura paterna en la filmografía de Del Toro

Detrás de las historias de Del Toro palpita una pregunta profunda: ¿qué heridas intenta sanar el cineasta? Tal vez el secuestro de su padre marcó una grieta imposible de cerrar, o quizá, su obra busca reconciliar al ser humano con su propia fragilidad. En su universo, las figuras paternas son una constante emocional explorada a través de distintos arquetipos:

  •  En Hellboy, el demonio encuentra guía en un padre humano.
  •  En El laberinto del fauno, la autoridad paterna se vuelve tiranía.
  •  En La forma del agua, la paternidad se expresa como protección.
  •  En Pinocho, la relación entre un creador y su hijo de madera encarna la redención a través del amor.

Víctor Frankenstein, un hombre devastado por la ausencia

Su versión de Frankenstein lleva este tema a su expresión más pura. Basada en la novela de Mary Shelley, la historia de Víctor Frankenstein deja de ser la del científico que desafía a Dios para convertirse en la de un hombre emocionalmente devastado, producto de una infancia sin afecto.

Criado por un padre que lo trató como instrumento y no como hijo, Víctor crece cargando una herida invisible. Su criatura, por lo tanto, no nace de la ambición científica, sino del anhelo infantil de reparar la pérdida y demostrar amor a través del control.

El monstruo, reflejo físico de la culpa y el abandono

El monstruo, hecho de fragmentos humanos, es el reflejo físico del propio Víctor: un ser quebrado por dentro, deformado por la culpa y el abandono. Las cicatrices de su creación son, en esencia, las suyas. La soledad del monstruo se convierte en su propio espejo.

La catarsis emocional y el poder del perdón

Del Toro evita el desenlace clásico de la persecución y el fuego. En su lugar, propone una catarsis emocional. Cuando Víctor finalmente se enfrenta a su criatura, no busca destruirla, sino comprenderla.

Reconoce que ha repetido con ella los abusos que sufrió:

  • La distancia.
  • La exigencia.
  • La falta de amor.

En un gesto profundamente humano, Víctor pide perdón. Entiende que sus heridas no podían sanarse con poder, sino con empatía.

La liberación del trauma heredado

Ese momento de reconciliación transforma el mito. Ya no se trata del creador castigado por jugar a ser Dios, sino de un hijo que, tras comprender a su “monstruo”, se libera de la herencia emocional que lo condenaba. El perdón se convierte en el verdadero acto de creación.

Con Frankenstein, Guillermo del Toro lleva su cine a un nuevo nivel de madurez emocional. Su criatura no es una aberración, sino una metáfora del trauma heredado, de los afectos no dichos, de los padres que no supieron amar y de los hijos que, pese a todo, buscan hacerlo diferente.

En el fondo, todos llevamos dentro un monstruo hecho de nuestras cicatrices, esperando ser reconocido, comprendido… y, quizá, perdonado.

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