La perseverancia femenina en Cuba se ha convertido en un símbolo directo de la resistencia nacional contra las severas limitaciones impuestas por el bloqueo económico estadounidense. Las historias de mujeres como Emma Doris Ricardo Santana y Rocío Rincón revelan cómo la falta de suministros médicos, agravada por las medidas restrictivas, impacta de manera directa en las vidas personales, desde el tratamiento de enfermedades graves como el cáncer hasta el simple deseo de ser madre.
Esta realidad, que se extiende a la vida comunitaria y al sistema de salud, muestra que la lucha por el bienestar no es solo política, sino una batalla diaria por encontrar alternativas, medicinas y alimentos. Los testimonios recogidos en La Habana ilustran que la solidaridad y la creatividad son la principal arma del pueblo cubano para afrontar las carencias en todos los aspectos de la vida social, desde el hospital hasta el hogar.
Rostros de la resistencia: Emma Doris y Rocío
La adversidad sanitaria en Cuba, exacerbada por lo que algunos describen como un bloqueo criminal, obliga a las personas a emprender cruzadas personales para acceder a la salud básica. Dos casos en La Habana demuestran esta situación, ligando su bienestar directamente a las políticas económicas externas.
La batalla de Emma Doris contra el cáncer y la escasez
Emma Doris Ricardo Santana, una maestra de enseñanza superior de 40 años, tuvo que interrumpir su trabajo tras ser diagnosticada con un agresivo cáncer de mama. Su tratamiento se complicó debido a que no había en ese momento sueros citostáticos suficientes para combatir la enfermedad, una escasez que ella atribuye al bloqueo económico.
Para sortear esta dificultad, Emma Doris tuvo que atenderse en tres hospitales diferentes, lo que hizo que la transportación se volviera un verdadero calvario para una enferma con un padecimiento tan devastador. Tras un año desvinculada, pudo atenderse gracias a la infraestructura sanitaria y, sobre todo, al apoyo de su comunidad, su esposo y compañeros de trabajo.
> Reflexionando sobre su recuperación, Emma Doris menciona conmovida: “Las medicinas sanan, pero también cura la solidaridad. Te hace levantarte.”
La maestra, quien vive en la comunidad Manuel Isla Pérez, se reintegró a su trabajo y recuperó el cabello que perdió. Sin embargo, su lucha continúa. Es madre de dos hijos, incluyendo a Claudia, que mañana cumplirá 10 años, y que padece una enfermedad que le impide crecer. Actualmente, la familia prioriza su atención, pero se encuentran limitados: “La pequeñita requiere un tratamiento que todavía no podemos hacerle aquí en Cuba. No hay hormonas del crecimiento“, explica, añadiendo que “no llegan por el bloqueo”.
Emma Doris enfatiza que ser mujer en Cuba implica una carga significativa de responsabilidades, pues debe apoyar al hombre, guiar a la familia, aportar profesionalmente a la sociedad y enfrentar todo tipo de vicisitudes al llegar a casa. A pesar de esto, reafirma la resistencia: “Estoy con las botas puestas. No nos vamos a amilanar. La rendición en el cubano no cabe. El destino nuestro, lo tenemos que decidirnos nosotros. Nadie más”.
Rocío Rincón y la maternidad frustrada por el tumor y el bloqueo
Rocío Rincón, trabajadora civil de 29 años del hospital Carlos J. Finley, enfrenta sus propios desafíos de salud. Padece un tumor en la hipófisis, y la escasez de medicamentos complicó su profundo deseo de ser madre. “Lograr tener un bebé es mi objetivo en la vida”, afirma con tristeza.
Rocío explica que muchas veces no tiene sus medicamentos necesarios para tratar su enfermedad debido al bloqueo impuesto por el presidente Donald Trump. No obstante, le agradece al comandante Fidel Castro que toda su curación haya sido gratuita. Aunque sus pastillas son de donación de países amigos, reconoce que a veces “las tengo y a veces no las tengo”.
La trabajadora ve el impacto directo del estrangulamiento económico en los pacientes, incluyendo a quienes necesitan respiración artificial, los de nefrología y los de cáncer. Rocío condena las imposiciones de Trump, considerando que sus medidas son mucho más agresivas y recias que antes, aunque está segura de que el objetivo de “asfixiarnos, ponernos de rodillas” nunca será logrado.
La ingeniería social de la supervivencia
La capacidad de resistencia cubana se manifiesta en la organización colectiva para paliar las carencias que el bloqueo impone en todas las aristas de la vida social.
Vida diaria bajo el asedio económico
La crisis energética obliga a muchas familias a reinventar la forma de preparar sus alimentos. Rocío Rincón, por ejemplo, utiliza un brasero con carbón prendido y una olla con un guiso en una especie de terraza a la entrada de su departamento, ante la falta de fluido eléctrico. El hospital Carlos J. Finley también aplica políticas de ahorro, como no encender la climatización y usar una planta eléctrica cuyo fluido se destina a las áreas prioritarias.
El sector servicios también sufre. María Eva Puentes Torres, una repostera de más de 60 años en la comunidad Manuel Isla Pérez, hornea pasteles por encargo. Los apagones la afectan gravemente, ya que pierde la capacidad de trabajar. Las carencias se extienden a la educación:
- Su hija, estudiante de Filosofía, no tiene combustible ni transporte para ir a la universidad.
- Sin electricidad, la joven no puede cargar su teléfono para ver sus materiales de estudio.
María Eva manifiesta una gran indignación con Donald Trump y repudia enérgicamente las medidas del gobierno de los Estados Unidos. “Vamos a resistir con creatividad y a buscar alternativas para seguir adelante”, concluye, enfatizando que defenderán el país “a capa y espada”.
La comunidad Manuel Isla Pérez, un bastión de alternativas
La comunidad Manuel Isla Pérez, donde vive Emma Doris, con 1,064 habitantes distribuidos en 284 viviendas de 2 o 3 recámaras, opera como un centro de resistencia autosuficiente. Fue edificada desde 2012, según la ingeniera en construcciones Marilesydis Maura Álvarez, de 40 años, para dotar de servicios de habitabilidad a los trabajadores.
La comunidad, bautizada en honor a Manuel Islas Pérez (joven combatiente del Movimiento 26 de Julio que murió a los 19 años), cuenta con 10 Comités de Defensa de la Revolución (CDR).
Los esfuerzos colectivos se centran en buscar alternativas:
- Seguridad alimentaria: Creación de parcelas para producir alimentos y plantas medicinales, buscando sembrar en cualquier rincón.
- Abastecimiento: Organización de Ferias agropecuarias y generación de alternativas para acercar productos alimenticios.
- Vigilancia: Realización de guardias para mantener la tranquilidad.
- Servicios sanitarios: El hospital está creando huertos medicinales para tratar enfermedades de uso común, como los dolores.
La juventud y la defensa indomable
La ideología de la resistencia es inculcada desde la niñez, reflejando el espíritu indomable. Tatiana Coll, quien vivió en la isla y colaboró con Arnaldo Orfila de la Editorial Siglo XXI, recuerda el dicho que afirma que los cubanos se ponen “en modo guerrilla indomables y es ¡Patria o muerte!” cuando suena la trompeta de la defensa.
Ainara Neira Reyes, una pionera de 11 años que cursa sexto grado, entiende perfectamente el contexto político. Cree que el presidente Donald Trump les tiene odio y les impone el bloqueo para que entreguen el país.
Desde la perspectiva infantil, el bloqueo tiene consecuencias tangibles en la educación: impide la entrada de suficientes materiales de estudio y petróleo para el transporte escolar, y genera la falta de cuadernos y lápices.
Ainara y sus compañeros son educados en valores y a no permitir que el bloqueo les afecte. La joven pionera está segura de que Cuba no se rendirá. Ainara también envía un mensaje de apoyo a los niños de México: “Nosotros estamos pasando por un momento difícil. En caso de que ustedes pasen por un momento igual, nosotros desde aquí, desde nuestro país los vamos a apoyar. ¡No se dejen vencer!”
La rendición no cabe en el vocabulario de las cubanas. Desde la maestra que supera el cáncer con solidaridad, hasta la pionera que entiende las carencias del petróleo, todas comparten una misma consigna: persistir. La resistencia en La Habana no es una abstracción política, sino un conjunto de actos diarios que obligan a priorizar, reinventar y luchar hasta la última gota de sangre. Este análisis nos obliga a cuestionar el costo humano real de las imposiciones geopolíticas y si la solidaridad doméstica puede, en efecto, sostener un país ante el asedio económico.

