La ira social provocada por el desplome histórico de la moneda ha encendido una nueva ola de protestas masivas en Irán. Lo que comenzó como una huelga de comerciantes contra la inflación se ha transformado en un grito político que exige el fin del régimen, marcando un punto de inflexión crítico en las protestas Irán colapso económico.
De la huelga económica a la ira política: un sistema al límite
Las protestas comenzaron el domingo de forma pacífica y rápidamente se extendieron desde Teherán a otras ciudades clave como Isfahán y Mashhad. Sin embargo, el descontento social pronto derivó en enfrentamientos violentos entre los manifestantes y las fuerzas de seguridad, como ocurrió en la ciudad de Kuhdasht, donde medios iraníes reportaron la muerte de hasta seis personas en el oeste del país.
Miles de personas se manifiestan contra la severa crisis económica y el dramático desplome de la moneda nacional, el rial. Las consignas pasaron de la queja económica a la ira política, entonándose lemas como “muerte al dictador”.
La dimensión de la crisis inflacionaria es histórica:
- Devaluación extrema: Los iraníes deben pagar hoy unos 1.45 millones de riales por un dólar estadounidense. Hace tan solo un año, la cifra era de unos 820.000 riales.
- Poder adquisitivo: Un iraní medio, con un salario mensual a tiempo completo, apenas alcanza algo más de 100 dólares.
- Impacto social: Comprar alimentos básicos consume la totalidad de un sueldo entero, desestabilizando inmediatamente el orden social en un país altamente dependiente de las importaciones como Irán.
Gissou Nia, abogada de derechos humanos del Atlantic Council, analiza la situación y afirma que, si bien el derrumbe económico es el detonante, no es el núcleo del conflicto. “Como en las protestas desde diciembre de 2017, suele haber un desencadenante económico; pero si se escuchan las consignas y se observa la magnitud, se trata de una profunda insatisfacción con el régimen y del deseo de que desaparezca”, explica. Muchos iraníes perciben el colapso no como una crisis corregible, sino como un fallo sistémico del régimen liderado por el envejecido líder supremo Ali Jamenei.
La radicalidad de las demandas y la irrupción del bazar
Las protestas de finales de 2025 se distinguen por condensar varios ciclos de descontento que se han manifestado en los últimos años: la ira social (2017-2019), la experiencia de violencia extrema (2019) y la crítica cultural al sistema (2022). Esta densidad ha incrementado el alcance y la capacidad de resistencia del movimiento.
En conversación con DW, Nia subraya la continuidad y la radicalidad de las consignas, demostrando que las demandas de reformas han desaparecido en gran medida, enfocando el objetivo en el propio sistema:
- Se oyen lemas como “Zan, Zendegi, Azadi” (mujer, vida, libertad), en referencia a los levantamientos de 2022.
- Se repite el grito de “muerte al dictador”.
- El objetivo común que conecta a distintas generaciones es que el régimen debe irse.
El papel histórico del bazar
Un elemento de ruptura histórica es que las protestas comenzaran en el bazar, tradicionalmente considerado la arteria económica y un ancla de estabilidad política del sistema. El bazar, donde comerciantes y vendedores ambulantes protestan contra el aumento de los precios y la inflación, es un indicador temprano y un multiplicador potencial del descontento. La Revolución Islámica de 1979, por ejemplo, también estuvo ligada a una huelga del bazar.
Nia enfatiza que estas huelgas golpean el núcleo conservador de la república, afectando no solo el abastecimiento, sino la “sangre vital de los mercados centrales de Irán”. La movilización se debe a que la situación económica ya no es sostenible para los comerciantes y otros actores.
La estrategia de represión y el riesgo de la debilidad
La crisis económica ha escalado a un nivel social e infraestructural que impacta a amplios sectores de la clase media urbana. Los ahorros se devalúan, alimentos y medicamentos son impagables o difíciles de conseguir, y los cortes de agua y electricidad son frecuentes. “La realidad es que la gente no puede permitirse alimentos; muchas cosas son impagables”, analiza Nia. La escasez de agua, que se corta regularmente en las ciudades, facilita la movilización: quien ya no tiene nada material que perder está más dispuesto a asumir el riesgo de la violencia estatal.
La cúpula política en Teherán ha enviado señales de apaciguamiento, pero al mismo tiempo las fuerzas de seguridad han iniciado una represión violenta. A diferencia de olas anteriores, el régimen intenta intimidar desde una fase temprana, una señal de gran nerviosismo, según los analistas.
“Vemos vídeos en línea de gases lacrimógenos y de disparos contra manifestantes pacíficos”, dice Nia. El cálculo del régimen es delicado: cuanto antes recurre el Estado a la violencia, más claramente muestra debilidad. La rutina represiva ya no disuade a la población; para muchos, confirma que el régimen no ofrece soluciones políticas.
La narrativa de la “desestabilización dirigida”
Como en el pasado, el régimen iraní ha atribuido las protestas a la intervención de servicios secretos extranjeros, especialmente de Estados Unidos y de su archienemigo Israel. Este relato de una “desestabilización dirigida” se reactivó tras el llamado público del Mossad a apoyar las protestas.
Sin embargo, ni la velocidad ni la amplitud social de la movilización pueden controlarse de forma realista desde fuera. Para muchos iraníes, esta referencia constante a “conspiraciones extranjeras” ya no es una prueba de fortaleza, sino un síntoma de la desconexión de la realidad por parte del liderazgo iraní.
La integración de ciclos de protesta, el colapso monetario que afecta a la clase media y la movilización del tradicionalmente conservador bazar, sugieren que este levantamiento es cualitativamente diferente. El detonante económico ha revelado una falla sistémica cuya única demanda observable es la disolución del poder.




