La pugna por Groenlandia desquicia el comercio transatlántico

Antonio Costa convoca cumbre UE por amenaza arancelaria de Donald Trump sobre Groenlandia. Analizamos la dislocación comercial y el impacto geopolítico.

La pugna por Groenlandia desquicia el comercio transatlántico

El presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa, convocó una reunión extraordinaria de los líderes de la Unión Europea (UE) “en los próximos días” para coordinar una respuesta unificada a las amenazas arancelarias impuestas por Donald Trump. Esta escalada, vinculada directamente a la exigencia estadounidense de la “compra completa y total” de Groenlandia, ha transformado un conflicto geopolítico en un grave factor de dislocación comercial global.

La respuesta europea: coordinación urgente ante la coerción

La amenaza arancelaria del expresidente Trump ha activado una alarma máxima en Bruselas. Antonio Costa anunció el domingo 18 de enero de 2026 que la reunión extraordinaria del Consejo Europeo se debía a la importancia de los “últimos acontecimientos” y la necesidad de mejorar la coordinación entre los estados miembro.

Costa fue directo en sus consultas con los países de la UE: las tensiones recientes en torno a Groenlandia demuestran que la imposición de aranceles minaría las relaciones transatlánticas y sería inconsistente con el acuerdo comercial existente entre la UE y Estados Unidos.

La postura oficial del bloque es que la UE está preparada para defenderse frente a cualquier forma de coerción. Sin embargo, el deseo es mantener una vía constructiva con Washington, especialmente porque existe un interés transatlántico compartido en la paz y la seguridad en el Ártico.

La disputa no solo toca a la economía. Los ocho países europeos señalados por Trump son miembros de la OTAN, lo que extiende el conflicto al ámbito de la alianza militar. El secretario general de la alianza, Mark Rutte, tenía prevista una reunión el lunes con ministros de Groenlandia y Dinamarca para tratar la disputa de forma directa.

Calendario de aranceles y la ofensiva de Donald Trump

La ofensiva de Donald Trump para obtener la propiedad de Groenlandia dejó de ser una excentricidad para convertirse en una herramienta de política exterior con repercusiones económicas inmediatas.

El sábado, y en un mensaje fechado el 17 de enero, Trump anunció un sistema de aranceles punitivos:

  • 10 por ciento: Impuesto a partir del 1 de febrero de 2026 a bienes procedentes de los ocho países europeos.
  • 25 por ciento: Aumento a partir del 1 de junio de 2026, si no se concretaba la adquisición total de Groenlandia.

Los países afectados por esta amenaza son Alemania, Francia, Países Bajos, Dinamarca, Suecia, Finlandia, Reino Unido y Noruega.

En el mismo mensaje, Trump insistió en que no aceptará nada menos que la propiedad del territorio ártico y no descartó el uso de la fuerza. Este enfoque evidencia cómo el argumento de la “seguridad” se mezcla con el de los recursos minerales y una lógica puramente territorial. Actualmente, Groenlandia ya alberga la base Pituffik de la Fuerza Espacial Norteamericana, operando bajo un acuerdo de 1951 que permite a Estados Unidos desplegar fuerzas allí. Ahora, la exigencia es obtener la soberanía completa.

La dimensión del impacto económico y legal

Las voces desde Bruselas advirtieron que estos nuevos aranceles abrirían una espiral peligrosa, socavando irreversiblemente la relación transatlántica. Un reporte de Bloomberg señala que la Unión Europea evalúa la posibilidad de congelar o descarrilar el entendimiento comercial que se había estado construyendo con Washington.

La razón es clara: si el acceso al mercado estadounidense queda condicionado a respaldos geopolíticos puntuales, cualquier acuerdo comercial pierde inmediatamente su credibilidad. El riesgo es que un pacto firmado hoy pueda reinterpretarse o romperse mañana mediante el golpe de un arancel.

Poner en perspectiva el costo de la fricción

El peso de este conflicto no es menor. Las exportaciones conjuntas de la Unión Europea a Estados Unidos alcanzan los 531 mil millones de dólares. Esto representa cerca del 20 por ciento del total de bienes comprados por los consumidores y empresas estadounidenses. Gravar ese flujo comercial afecta directamente el marco comercial global.

A esta incertidumbre geopolítica se suma una dislocación de tipo legal en Estados Unidos, ya que la Corte Suprema está revisando el alcance de los poderes presidenciales para imponer aranceles. Si la legalidad de estos instrumentos está en disputa, la incertidumbre aumenta significativamente para empresas e inversionistas que dependen de la predictibilidad del mercado.

El rediseño comercial: Europa busca otras anclas

La consecuencia inmediata del comportamiento impredecible de Washington es el incentivo para que Europa acelere su diversificación comercial.

Un hecho relevante en este contexto es el acuerdo comercial entre la Unión Europea y Mercosur, que fue cerrado tras más de dos décadas de negociaciones. El comercio bilateral entre estos dos bloques se estima en unos 110 mil millones de euros anuales. Más allá de las ratificaciones pendientes y las resistencias internas, el mensaje es inequívoco: ante una relación transatlántica inestable, Europa busca aliados en otras regiones para asegurar su marco de intercambio.

Este movimiento pragmático no es exclusivo de Europa. Aliados cercanos de Washington, como Canadá, están construyendo válvulas de escape. La semana pasada, Canadá anunció un entendimiento con China para reducir fricciones comerciales y aplicar recortes arancelarios significativos en productos clave como la canola y ciertos alimentos. No es un giro ideológico, sino un movimiento de pragmatismo económico para reducir su exposición a decisiones súbitas desde Washington.

Lecciones para el T-MEC

Mientras el mundo comercial se reconfigura en medio de la incertidumbre, México se prepara para la negociación del T-MEC en un clima turbulento.

El episodio de Groenlandia deja una lección incómoda: para la administración Trump, el comercio es fácilmente convertible en un instrumento de agendas que trascienden lo estrictamente económico. Cuando un territorio ártico se utiliza como pretexto para reconfigurar aranceles en Europa, queda claro que la discusión en el T-MEC ya no será únicamente arancelaria, sino también política y geopolítica.

La respuesta mexicana debe ser técnica, política y estratégica. Esto incluye llegar a la mesa con evidencia dura de integración productiva y reglas de origen, y advertir los costos inflacionarios de cualquier ruptura. Además, requiere diversificar mercados y suministros críticos de forma discreta, asumiendo que el acuerdo se convierte en un instrumento clave para Estados Unidos ante la dislocación de su intercambio con otras zonas del mundo. México debe usar esta posición con inteligencia.

Cuando la geopolítica territorial del Ártico tiene la capacidad de reconfigurar alianzas comerciales de medio billón de dólares, es momento de que todos los actores globales se pregunten hasta dónde está dispuesto a llegar un aliado para forzar su agenda. ¿Podrán los acuerdos de comercio sobrevivir a la política de coerción que prioriza la soberanía territorial sobre la estabilidad económica?

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